Casi la mitad de la gente que entra en un bar aún no sabe qué va a pedir. Llega, se apoya en la barra, mira alrededor y decide en cuestión de segundos.
La decisión se toma ahí. Pero lo que la inclina empezó mucho antes: en lo primero que se ve desde la puerta, en la luz, en el grifo, en el taburete donde uno decide quedarse un rato más. Mahou no necesitaba más logos. Necesitaba que el bar entero jugara a su favor sin dejar de ser el bar de siempre.
El diseño - Ningún bar se parece a otro
Cada espacio se diseñó solo para él. Primero escuchamos el local: su planta, su luz, su gente, lo que ya funcionaba. Después le sumamos los códigos de Mahou, Madrid, la caña, el encuentro, hasta que marca y bar hablaran con el mismo acento.
Nada de decorado corporativo. Cada elemento se convierte en el punto donde se detiene la mirada.
La fábrica - Lo que no se ve
En la fábrica, cada pieza se elabora con precisión. Materiales y acabados trabajados a la medida exacta de cada local: taburetes, frontales, rótulos y [otras piezas] pensados para ese espacio y para ningún otro. Es la parte del trabajo que nadie mira. Y la razón por la que todo lo demás encaja.
El montaje - Todo donde tiene que estar
Y en el montaje, cuidamos cada detalle para que todo esté exactamente donde Mahou lo necesitaba. El grifo a la altura justa. La cristalería a mano. El posavasos, la carta, la luz sobre la barra. Porque el ritual de pedir también es diseño de marca.
El resultado - Un sitio donde quedarse
Del diseño a la barra, creamos espacios en los que la gente quiere quedarse. Bares que siguen siendo del barrio y que ahora, también, son de Mahou.