El spot de Navidad que firmó Leo Burnett aquel año era de los que se recuerdan: dos desconocidos a los que unían unos números. Emocionó a todo el país, pero se quedaba dentro de la pantalla.
Nuestro trabajo empezaba donde acababa el anuncio. Lo habitual era estirarlo: más versiones, más pases, más de lo mismo en el mismo sitio.
Pero un décimo casi nunca es de uno solo. Se comparte con la familia, con la oficina, con el bar de abajo. Es la única compra del año que hacemos pensando en otros. Si en la ficción los números unían a dos personas, en la vida real unían a millones.
Metías tus números y la experiencia dibujaba con quién compartes cada uno. Al final de cada línea, alguien: el nombre y la cara de la persona a la que estás unido sin saberlo. Cada mapa, distinto de todos los demás. Y hecho para recorrerlo con el dedo, como el cielo.
Las ventas crecieron un 13%. La emoción del anuncio acabó donde tenía que acabar: en un décimo.